
Ti-ti-ti-tí, ti-ti-ti-tí…
Es la segunda vez que suena el despertador y ya voy tarde. Aunque, bien pensado, los que llegan tarde son ellos, porque este aire a nuevo que se traen con la Escuela de Talentos me recuerda a un invento catalán que hace tiempo que funciona. Pero aquí entre nós, ya todos sabemos que a los primos pobres, no nos queda otra que hacer nuestros los inventos que paren otros. Llego a clase, miro a mi alrededor para buscar sitio, y aunque para mí todos son nuevos compañeros, sólo se le presupone lo de “nueva promesa” a unos pocos. Y es que algunos están más cerca de la crisis de los cuarenta que de la edad del pavo.
Tomo asiento y desde la última fila se escuchan pasos. Acto seguido hace su entrada triunfal Don Jaime (de los Barreiro de toda la vida), el dire de la Escuela, seguido del redil de profesores encargados de hacernos brillar sin luz propia. Mi compañero de al lado no deja de hacer comentarios ante todo lo que está pasando: me cuenta que Don Jaime es “primerizo” y que sólo es el brazo ejecutor de las decisiones de Don Manuel, que a pesar de ser el Jefe de Estudios, ya ha dirigido otras escuelas y es quien realmente mueve los hilos.
Después de la bienvenida del dire, que dicho sea de paso, pretende pasar a la historia como el descubridor de estrellas fulgurantes y futuribles, nos presenta a los que harán de nosotros hombres y mujeres de provecho. Mi compi me chiva que Don Pablo García (pegado al dire como una lapa) es uno de los nuevos, un recién llegado de una escuela unitaria de la Galicia más profunda. Mientras avanza la presentación, me llama poderosamente la atención una de las profes, una tal Laura Seara, cuya actitud parece hacer honor a su segundo apellido y de la que el chivato de la clase me apunta que es la “ahijada” preferida del “padrino”, digo…de Don Manuel, el jefe de estudios. A su lado, una del norte, Beatriz Sestayo, que me da en la nariz que es la típica con la que sueñan todos los chicos, impacientes porque se acerque a su pupitre a resolver dudas inventadas o por mirarle mientras escribe en el encerado. Y casi en un rincón, tímida, Martita Álvarez Santullano. La profe en prácticas. Ya sabes, esa a la que nadie hace caso y en cuyas clases se juega a barquitos y aviones, ella la primera, por supuesto. Me dicen que tiene una carrera extensísima, pero la verdad no sé si lo dicen por lo fructífera o porque no es capaz de acabarla.
Exhausta, e incapaz de digerir tanta información tras la presentación, salgo corriendo a formalizar cuanto antes mi ingreso en la escuela con mi carné rojo entre los dientes. La secre de Don Manuel es ahora quien se encarga de darle el visto bueno a los nuevos. Según me han dicho, es una de las pocas tareas que le quedan desde que todas sus opciones de promoción interna se quedasen en stand by en el último claustro.
Empujo su puerta entreabierta y allí está. Enfundada en su bata blanca, envuelta en un “Mar” de lágrimas y haciendo barcos de papel. Muy amable y “hospitalaria” me indica que antes de tomarme los datos espere un poco en el pasillo, que el “Jefe” (de estudios) hace rato que me espera y quiere verme.
¿A mí?, ¿por qué?, ¿¡si acabo de llegar!?. ¿No será que alguien le ha dicho que no me matriculé en sus clases de liderazgo?, o ...peor aún, se huele que llegado el momento puedo votar "blanco"!!!
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